“Dios mío, Daniela.”
Me acerqué corriendo.
“¿Qué te pasó en la cara?”
Sus ojos se abrieron apenas.
“Ma, por favor. Me duele mucho.”
“¿Pero qué pasó?”
“Tuve una reacción durante la operación.”
“¿Una reacción a qué?”
“A los medicamentos, creo. No sé. El doctor dijo que tuvieron que protegerme la piel.”
La explicación no tenía sentido, pero yo estaba demasiado asustada para discutir.
Le tomé la mano.
“¿Y tu corazón?”
“La cirugía salió bien.”
“¿Segura?”
“Sí.”
Cerró los ojos y respiró despacio.
Después añadió:
“Abajo está la cuenta. Necesitan que paguemos hoy.”
Miré las vendas otra vez.
Algo dentro de mí se movió.
No era todavía sospecha.
Era una pequeña incomodidad, como una puerta que no terminaba de cerrar.
“Primero quiero hablar con tu cirujano.”
Daniela abrió los ojos.
“No hace falta.”
“Claro que hace falta. Acaban de operar a mi hija