PARTE 1
—No me la distraigas, Valeria. Tu hija todavía tiene que bolearle las botas a los invitados antes de cenar.
Eso fue lo primero que me dijo mi madre cuando abrí la puerta de su casa en Metepec, sin avisar, en plena Nochebuena.
Ni un abrazo, ni un cómo te fue en el camión de seis horas desde Oaxaca, ni un cómo sigue tu abuela.
Nada.
Solo miró por encima de mi hombro, molesta, porque yo había interrumpido el trabajo de una niña de diez años.
Mi hija, Sofía, estaba de rodillas sobre el piso helado del recibidor.
Traía un trapo gris, ya negro de lodo, y le tallaba las botas embarradas a un señor que yo no conocía.
Tenía los nudillos partidos por el frío, las mangas de su suetercito todas mojadas y un mechón pegado a la frente por el sudor.