No era la Daniela que me había esperado frente a la puerta.
Era mi hija.
La mujer que había conocido desde antes de que pudiera caminar.
—Mamá.
—Habla.
—Yo no sabía que él había usado ese papel.
—¿Qué pensabas que habías firmado?
Hubo una pausa.
—Pensé que era una autorización para resolver la deuda.
—¿Con mi casa?
—David dijo que tú estabas de acuerdo.
—¿Te dijo eso antes o después de que yo viajara?
Otra pausa.
—Antes.
Aquella respuesta me dolió más que la anterior.
Porque significaba que la idea ya existía cuando yo todavía estaba en casa.
La venta no había aparecido de repente mientras estaba en Londres.
Habían esperado el momento adecuado.
—¿Quién recibió el dinero? —pregunté.
Daniela respiró profundamente.
—No lo sé todo.
—Entonces dime lo que sí sabes.
—David dijo que una parte iba a cubrir la deuda.