No respiré.
—¿Y?
—Una vez.
Me reí y lloré al mismo tiempo.
—Eso suena a tu mamá.
Noah sonrió.
—Sí.
El médico llegó.
Después otro.
Hicieron preguntas.
Pruebas sencillas.
Luz.
Voz.
Órdenes.
No todas obtenían respuesta.
Algunas sí.
Muy pequeñas.
Una mirada debajo de los párpados.
Un dedo.
Una presión.
No era un despertar.
Todavía no.
Pero ya no podían describirla exactamente como antes.
El neurólogo habló conmigo cerca de medianoche.
—Hay pacientes que pasan de estados de respuesta mínima a mayor conciencia de forma gradual.
—¿Entonces ella estaba consciente y nadie lo sabía?
—No podemos afirmar desde cuándo.
—Mi hijo dice cuatro semanas.
—Y lo tomamos en serio.
Eso me hizo mirar a Noah.
Dormía en dos sillas juntas.
—¿Por qué sólo los sábados?
El médico negó.
—No necesariamente responde sólo los sábados.