—Emma, soy Carla.
No hubo reacción.
—Si puedes escucharme, intenta apretar la mano de tu hijo una vez.
Esperamos.
Nada.
Noah se tensó.
—Está cansada.
Carla no descartó la idea.
—Puede ser.
Intentó otra vez.
—Emma, si puedes escucharme, mueve un dedo.
Nada.
Mi esperanza empezó a caerse.
Noah miró a su madre.
—Mamá, está bien.
Le acarició la mano.
—No tienes que hacerlo.
Entonces el pulgar de Emma se movió.
Carla lo vio.
Su expresión cambió.
No euforia.
Atención.
—Voy a avisar al médico de guardia.
Sentí que las piernas se me debilitaban.
—¿Eso significa que está despertando?
Carla me miró.
—Significa que hemos observado una respuesta que merece evaluación.
No más.
No menos.
Agradecí esa precisión.
Noah también pareció satisfecho.
—Te dije que habla.
Carla sonrió apenas.
—Parece que ustedes encontraron una forma de comunicarse.
El médico tardó veinte minutos.