Mi madre llevaba semanas recibiendo solicitudes de documentación que nunca contestaba.
Por eso Adriana había ido conmigo.
Cuando regresé al salón, el maestro de ceremonias había anunciado una pausa.
Nadie aplaudió al verme. Lo agradecí.
No necesitaba convertir lo ocurrido en otro espectáculo.
El presidente del comité me ofreció retirarme por una puerta privada.
—Prefiero quedarme —dije.
Mi madre nos esperaba junto a una mesa lateral.
Ya no tenía la copa en la mano.
—Podríamos hablar esto en familia.
—Te hemos pedido documentos durante un mes —respondió Adriana—. Mañana presentaremos formalmente la información que reunimos.
—Todo se gastó en la fundación.
—Entonces podrá acreditarlo.
Mi madre volvió los ojos hacia mí.
—¿Vas a destruir el nombre de tu padre?
Aquello dolió más que el golpe.
Sacó su nombre con la misma facilidad con que años antes había señalado su tanque de oxígeno.