El mismo Mauricio que una vez me dijo que no podía llevar a papá a una consulta porque tenía un partido de golf.
Llamé a Elena.
Seguía viviendo en Puebla. Conservaba recibos porque mi padre se lo había pedido.
—Decía que algún día ibas a necesitarlos —me contó.
Adriana reunió mis transferencias, los comprobantes de la agencia y las facturas que todavía podían recuperarse.
Pero lo más preocupante apareció después.
La fundación había usado esos mismos gastos para justificar parte de sus primeras recaudaciones. Además, varias familias anunciadas como beneficiarias aseguraban haber recibido mucho menos de lo publicado.
Una viuda de Coatzacoalcos nos mostró su depósito: tres mil pesos.
En el informe de la fundación figuraban treinta mil.
No teníamos todos los movimientos bancarios. Eso tendría que obtenerse por las vías correspondientes. Sí teníamos suficientes inconsistencias para pedir una revisión y detener nuevas aportaciones mientras se aclaraban.