Abrió la boca, pero no le salió ninguna palabra.
Dos integrantes de seguridad se colocaron entre nosotros. Uno le pidió que mantuviera las manos a la vista.
—Es mi hermana —protestó.
—Acaba de agredirla —respondió el encargado.
Mi madre buscó mi brazo como si de pronto tuviera derecho a tocarme.
Me aparté.
—Lucía, por favor. Fue un malentendido.
El ardor de mi mejilla empezaba a extenderse hacia el oído.
—Lo viste hacerlo.
—Tu hermano se puso nervioso.
—Y tú te reíste.
Eso la dejó sin respuesta.
Mi abogada, Adriana Salcedo, llegó con una carpeta bajo el brazo. Me preguntó si necesitaba atención médica. Asentí.
Después se dirigió al responsable de seguridad.
—Mi representada presentará la denuncia. Le solicito que preserve los videos y registre los datos de quienes presenciaron lo ocurrido.
Hablaba con calma. Esa calma me ayudó a recuperar la mía.
Mauricio intentó acomodarse el saco.