—No vas a denunciarme por una discusión familiar.
Lo miré.
Durante años había imaginado qué le diría si volvíamos a estar frente a frente. Había preparado discursos enteros durante madrugadas de guardia.
Al final sólo necesité una frase.
—Ya no decides qué tengo que soportar.
Lo acompañaron fuera del salón.
Mi madre dio un paso para seguirlo, pero se detuvo cuando vio a los integrantes del comité organizador acercarse a Adriana.
Reconoció la carpeta.
No su contenido. Reconoció el peligro de que alguien llevara papeles a un lugar donde ella había construido todo con sonrisas.
—¿Qué estás haciendo? —me preguntó.
—Vine a recibir un homenaje. También necesitaba hablar con los organizadores.
—Sobre qué.
Adriana respondió:
—Sobre la documentación de la fundación.
Mi madre me sostuvo la mirada.
Por primera vez aquella noche, vi miedo.
Una médica me revisó en un salón contiguo. Tenía inflamación y un pequeño corte por dentro del labio. Mientras me colocaba una compresa fría, escuché a mi madre discutir al otro lado de la puerta.