Exigía que la dejaran entrar.
Yo pedí unos minutos.
Necesitaba entender que estaba allí, en Veracruz, a mis cincuenta y tres años. Que tenía una carrera, amigos y una vida que no dependía de aquella mujer.
Aun así, me temblaban las manos.
Adriana se sentó frente a mí.
—Podemos ocuparnos de lo demás mañana.
Negué.
—Los donantes están aquí. No pueden anunciar otra colecta con el nombre de mi padre.
Habíamos empezado a investigar seis semanas antes.
La invitación traía una semblanza de la Fundación Capitán Tomás Cárdenas. Según ese texto, mi madre había dedicado sus ahorros a cuidarlo durante una larga enfermedad, sin recibir ayuda de sus hijos.
La frase me hizo leer el documento tres veces.
Después encontré una entrevista donde Mauricio contaba que había abandonado una oportunidad profesional para hacerse cargo de los gastos médicos.