Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Además estaba la pensión para su hija, un gasto completamente legítimo que Mariana jamás había cuestionado.

—Eso no cuenta —dijo Raúl—. Mi hija es mi responsabilidad.

—Claro que cuenta como gasto personal, pero no estoy diciendo que esté mal. Estoy diciendo que existe. Tú asegurabas que después de aportar a la casa todavía te sobraba muchísimo dinero porque eras mejor administrando. No era cierto.

Mariana señaló otra columna.

—Ahora mira mis gastos.

Raúl leyó en silencio.

Mariana llevaba comida preparada al trabajo cuatro días por semana. Compraba fruta y verdura en el mercado. Intercambiaba algunos servicios con amigas. Esperaba ofertas para comprar ropa. Su plan de celular era más barato. No tenía crédito automotriz porque todavía utilizaba el coche compacto que había terminado de pagar antes de casarse.

Pero eso no era todo.

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