Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

—¿Ves esta parte? —preguntó ella.

Raúl frunció el ceño.

—Mantenimiento.

—Exactamente.

Durante el último año, Mariana había pagado de su cuenta reparaciones pequeñas del departamento, parte del refrigerador nuevo, artículos de limpieza, medicamentos, regalos familiares, utensilios de cocina y decenas de compras domésticas que jamás había reclamado.

—Pero eso salía del dinero de los dos.

—Algunas cosas sí. Muchas otras no.

Raúl siguió revisando.

Su seguridad desaparecía a medida que pasaban las páginas.

—¿Y esto?

—El seguro del coche que usamos cuando tu camioneta está en el taller. Lo pagué yo.

—¿Esto otro?

—El plomero de febrero.

—¿Y los dos mil cuatrocientos…?

—La reparación del calentador.

Raúl dejó caer la hoja.

—Nunca me dijiste.

—Porque éramos pareja. Yo no pensaba que necesitara llevar un marcador para saber quién aportaba más.

Mariana respiró profundo.

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