Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Aquella frase le dolió.

Se notó.

Raúl se levantó y caminó hasta la ventana.

—Tal vez me dejé llevar.

—No fue sólo eso.

Mariana recordó la frase que más la había lastimado.

—Me dijiste que si no te atendía, encontrarías mi reemplazo.

Raúl giró.

—Estaba enojado.

—No. Estabas tratando de asustarme.

Él abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Al día siguiente Mariana se reunió con Paola en una cafetería del centro.

Cuando terminó de contarle el experimento, Paola se quedó mirándola con los ojos muy abiertos.

—¿De verdad ya te pidió dinero?

—Dos veces.

Paola casi escupió el latte de la risa.

—Perdóname, pero Mauricio necesita escuchar esto.

—Justamente Mauricio es parte del problema.

Paola dejó de reír.

—Lo sé.

Después bajó la voz.

—Desde que hablaste conmigo también discutí con él. Le dije que dejara de contarle a sus amigos que yo paso todo el día limpiando para servirlo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *