Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

—Y las tareas —añadió ella— se reparten por tiempo y esfuerzo, no por quién gana más.

Raúl leyó la lista.

Cocina.

Platos.

Baño.

Lavandería.

Supermercado.

Pagos.

Limpieza general.

—¿Puedo escoger?

—Claro.

—Odio planchar.

—Yo odio limpiar la regadera.

Raúl hizo una mueca.

—Ya entendí por qué me pusiste esa apuesta.

Por primera vez en semanas ambos se rieron.

Las cosas no cambiaron mágicamente.

Al principio Raúl olvidaba sacar la basura. Una vez metió una camisa roja con ropa clara y convirtió varias prendas en un extraño tono rosa. Otro sábado quiso comprar todos los productos del supermercado sin comparar precios y casi gastó el presupuesto de una semana en dos días.

Pero poco a poco empezó a prestar atención.

Descubrió que planear comidas evitaba desperdicios.

Aprendió que comprar verduras en el mercado del barrio podía ahorrar bastante.

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