Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Dejó de pagar algunas suscripciones.

Redujo las comidas caras con compañeros.

Incluso cambió de barbería.

Un mes después recibió su sueldo y llamó a Mariana desde la sala.

—Ven.

Ella apareció desconfiada.

Sobre la mesa había una caja pequeña.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Dentro había unos aretes que Mariana había visto meses atrás en una joyería del centro.

Ella levantó la mirada.

—Raúl…

—Los pagué con mis ahorros. Sin tocar la cuenta de la casa.

—No tenías que hacerlo.

—Lo sé.

Él sonrió.

—Por eso quería hacerlo.

Mariana no lloró ni corrió a abrazarlo como si un regalo borrara todo lo ocurrido.

Simplemente se puso los aretes frente al espejo.

—Me gustan.

—¿Entonces estoy perdonado?

Mariana soltó una carcajada.

—Tampoco abuses.

Raúl señaló el pasillo.

—Ya limpié el baño.

—Entonces llevas ventaja.

Semanas después volvieron a reunirse con Paola y Mauricio.

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