Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Mariana sintió que algo se le endurecía en el pecho.

—Entonces quizá deberías casarte con Mauricio, porque últimamente lo escuchas más a él que a mí.

Raúl golpeó suavemente la mesa con los dedos.

—No hagas drama. Sólo te estoy diciendo cómo deberían funcionar las cosas.

Luego señaló la estufa.

—Por cierto, no he cenado. ¿Me calientas lo de ayer? Y sírveme otro café.

Mariana lo observó durante varios segundos.

Después dejó su bolso, caminó hasta el refrigerador, sacó una botella de agua para ella y se fue al dormitorio.

—¡Mariana! —gritó Raúl—. ¿Y mi cena?

Ella cerró la puerta sin contestar.

A la mañana siguiente tampoco preparó desayuno.

Raúl apareció en la cocina mirando la mesa vacía.

—¿No hiciste huevos?

—Entro temprano.

—¿Y yo qué voy a comer?

Mariana levantó la vista del celular.

—Eres un hombre proveedor y jefe de familia. Estoy segura de que puedes resolver un desayuno.

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