“Sí.”
“Es el peor momento.”
“Estoy de acuerdo.”
“Entonces quédate.”
“No.”
Su cara pasó de enojo a pánico. “¿Quién va a recoger a los niños?”
“Ustedes.”
“¿Y las entregas del sábado?”
“Tendrán que decidir.”
Cruzó los brazos. “Nos estás castigando.”
“No.” Me puse el abrigo. “Les estoy creyendo.”
“¿Qué significa eso?”
“Tú me recordaste quién manda. Te estoy regresando el control.”
Pedí un Uber a la central. Dos horas después estaba en mi casita de Cholula. Silenciosa. Con el reloj sonando. Abrí las ventanas. Puse agua para café. Y por primera vez en seis semanas terminé un capítulo entero de mi novela.
Las primeras 72 horas mi celular no paró. Luego paró de golpe, porque estaban demasiado ocupados sobreviviendo.
Me enteré por Sofía, que me llamaba a escondidas.
El viernes nadie pudo recogerlos temprano. Jimena tuvo que cerrar la panadería a las tres de la tarde y perder una venta grande de un restaurante. Tuvieron que pagarle a la vecina $500 pesos por cuidarlos dos horas.