Al principio me gustaba escucharlo. Luego noté que siempre lo decía justo antes de encargarme algo más.
“Leonor, salvadora, ¿puedes regresar estas cajas de muestra?”
“Gracias a Dios estás aquí. Mateo sale temprano este viernes.”
“Sin ti no sabemos qué haríamos. ¿Vas por la comida?”
Una mañana amanecí con dolor de cabeza. Nada grave. Solo lo suficiente para que la luz me lastimara.
Le pregunté a Marisela si podía quedarse dos horas con Mateo para que yo me acostara un rato.
Ni siquiera dejó de teclear. “Ay no, Leonor, tengo una llamada crucial de empaques.”
“Que se quede aquí pintando bajito”, le dije.
“Necesito concentrarme.” Y me sonrió con lástima. “Tú puedes.”
Esa frase se me quedó clavada. Tú puedes.
Su tiempo tenía rejas. El mío tenía la puerta abierta.
Una semana después le dije claro a Jimena: “El jueves de dos a cinco no estoy.”