Me llamaba su entretenimiento barato, pensó Mara, con una suave y sincera sonrisa en los labios. Se creía el amo de la casa, el director de una obra donde yo era solo un accesorio para romper y divertirse. Creía que, por estar callada, participaba en su guion.
Ajustó la velocidad de obturación, equilibrando perfectamente la exposición.
Pero olvidó la regla más fundamental y antigua del teatro, reflexionó ella, mientras el calor del sol acariciaba sus mejillas ilesas. El monstruo que merodea por el escenario no es quien tiene el control. La persona sentada en la oscuridad, sosteniendo la cámara en silencio, encuadrando las tomas y decidiendo exactamente lo que verá el público… esa es la verdadera dueña de la narrativa.
Mara respiró hondo y sin restricciones el aire puro de la primavera. Presionó el botón del obturador con el dedo.
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