El sonido mecánico era nítido, claro y constante. Bajó la cámara y miró la pantalla digital brillante. La imagen era perfecta. Era una fotografía de luz pura y sin filtros, capturada y contenida completamente a su antojo.
Ya no quedaban sombras donde esconderse. No había techo que pudiera amortiguar sus gritos.
Mara se echó la correa de la cámara al hombro, dio la espalda a las sombras del porche y bajó los escalones de madera, adentrándose en la luz brillante e ilimitada de su nueva vida.