Miré dentro de la bolsa…
y se me escapó un grito ahogado.
Lo que había dentro de la bolsa
Sobre la mesa de la sala fui sacando las cosas una por una. Primero, una pila de tarjetas de cumpleaños, todas sin franquear, todas con el mismo nombre en el sobre: el de mi madre. En cada una, con la letra apretada de papá, había una sola línea: «Hoy tu hija cumple siete años. Si algún día vuelves, aquí está todo». Una por año, hasta los veinticuatro.
Debajo había recibos de matrícula universitaria, decenas, pagados con el dinero de las obras. No eran los míos. Eran los de ella. Y al fondo, una carpeta con documentos judiciales.
El abogado me explicó lo que papá nunca tuvo valor de decirme. Mi madre no se había perdido ni había sufrido ningún accidente aquel martes. Se había ido por decisión propia, para empezar una vida nueva en otra ciudad, con otra familia. Papá lo supo a las pocas semanas. Y aun así, durante años, siguió pagando en secreto los estudios que ella había dejado a medias, convencido, o quizá solo esperanzado, de que algún día volvería.