que solo ella notaba. Miró a su madre, buscando algo, cualquier cosa. La mujer seguía con la vista clavada en el podio, el collar de oro reluciente contra la blusa oscura. —Creí que era para la familia —murmuró Emily. Las palabras le salieron antes de que pudiera tragárselas. Su padre giró la cabeza lo justo para que solo ella lo escuchara. —No me avergüences hoy. Detrás de Emily, alguien carraspeó. Un joven oficial de uniforme impecable se volteó en su asiento. Era el teniente Marcus Webb, uno de los subalternos
de Emily, un muchacho de veintiocho años que siempre le traía café sin que ella lo pidiera. —Vamos, Em —dijo Marcus en voz baja, con una sonrisa mínima—. Hay lugares peores que la última fila. Emily lo miró. Vio en sus ojos algo que no era lástima, sino reconocimiento. Respiró hondo, sintiendo el peso de la carpeta azul bajo el brazo, y asintió. —Está bien —dijo. Caminó por el pasillo central. Sus tacones negros resonaron en el linóleo pulido con un ritmo que ella misma marcaba. No miró a los