El general Kessler era un hombre de sesenta y pocos, con el pelo gris cortado al ras y una voz que no necesitaba micrófono. Se inclinó hacia el atril, ajustó el micrófono con dos dedos, y recorrió la sala con la mirada. —¿Dónde está la comandante Carter? —preguntó—. ¿Comandante Emily Carter? Silencio. Emily sintió que cientos de pares de ojos giraban hacia las primeras filas, buscándola. Su padre no se movió. Su madre tampoco. Marcus Webb, en la tercera fila, volteó la cabeza hacia atrás con una arruga de preocupación
entre las cejas. El general Kessler frunció el ceño. Se apartó del podio. Bajó los tres escalones de madera y comenzó a caminar por el pasillo central, en dirección contraria a la que Emily había tomado media hora antes. Emily se puso de pie por reflejo. Su formación militar no le permitía quedarse sentada mientras un general se aproximaba. El anciano a su lado soltó una risita seca. —Se va a armar —dijo. El general Kessler se detuvo frente a ella. La sala entera parecía contener la respiración. Él la