Mi padre sacó una carpeta del dormitorio y la dejó frente a mí. Dentro había comprobantes de depósitos, recibos y hojas dobladas. En el primero, el nombre de mi universidad.
—El dinero salió de ella —dijo, señalando a Rosa—. Pero antes tengo que contarles lo que pasó con las joyas.
Lo que hizo mi padre
Las había empeñado. El negocio ya tenía problemas incluso antes de quebrar: proveedores cobrando, cuotas vencidas y un préstamo que le había ocultado a mi madre. Tomó las joyas mientras ella visitaba a una tía, convencido de que las recuperaría en pocos días.
Mi madre las echó de menos esa misma semana. Rosa había limpiado el dormitorio la mañana anterior, y bastó para que la sospecha cayera sobre ella.
—Yo estaba ahí —admitió mi padre—. Pude resolverlo con una sola frase. Y me callé.