—Tenía vergüenza —dijo él—. Quince días antes vi un anuncio donde se vendía esta máquina, reconocí el modelo y la llamé. Cuando vi que iba a venderla, recordé cómo la había dejado en la acera. Entendí que ustedes podían pasar la vida creyendo la misma mentira.
Rosa había puesto una condición: que estuvieran presentes todos los hijos. «No quería otra disculpa escondida».
Me senté a su lado. Solo dije lo que recordaba:
—Te vi en el portón. Me miraste y yo volví la cara. Lo siento.
Ella apoyó su mano sobre la mía un instante. No dijo que no importaba, y se lo agradecí.
No hubo abrazos colectivos ni una reconciliación que borrara treinta años en un almuerzo. Hubo preguntas difíciles, algunas respuestas y silencios largos. Antes de irse, Rosa dijo que todavía no vendería la máquina.