Ahora sus nombres estaban impresos en tarjetas colocadas junto a las flores.
Clara podía leerlos.
Lo que todavía no podía comprender era por qué estaban ahí.
Su suegra, Beatriz, se acercó.
—Yo le advertí a Tomás que esos bebés necesitaban a alguien que supiera cuidarlos.
Clara levantó la mirada.
—Por favor, hoy no.
—Siempre estabas cansada. Siempre decías que no podías más.
Meses atrás, Clara había cometido el error de confesarle que alguna vez había llorado encerrada en el baño porque era el único lugar donde nadie necesitaba algo de ella.
Beatriz había guardado aquella confesión.
Y ahora la utilizaba junto a los ataúdes de sus nietos.
—Aléjate de mí —dijo Clara.
La bofetada llegó antes de que terminara la frase.
Emilia gritó.
Cuando Clara intentó retroceder, Beatriz le jaló el cabello.
El encargado de la funeraria intervino de inmediato y le sujetó la muñeca.