—Señora, suéltela.
Tomás apareció segundos después.
Pero en lugar de colocarse entre su esposa y su madre, tomó a Clara del brazo.
—Clara, cálmate.
Ella lo miró sin poder creerlo.
Su madre acababa de golpearla.
Su hija estaba llorando.
Y él le pedía a ella que se calmara.
—Mamá, siéntate —dijo Tomás—. Estás alterada.
Clara apartó su brazo.
Su hermana Mariana tomó a Emilia y trató de tranquilizarla.
Varias personas observaban desde el fondo del salón.
Entonces Emilia se soltó suavemente de su tía y caminó hacia el padre Daniel, el sacerdote de la parroquia a la que asistían desde que ella había nacido.
Le tocó la manga.
—Padre…
Él se agachó.
—¿Qué pasa, pequeña?
Emilia miró hacia su abuela.
—¿Puedo contarle algo que mi abuela dijo que no debía contar?
La expresión del sacerdote cambió.