Mi suegra me abofeteó frente a los 2 ataúdes de mis gemelos y mi esposo me sujetó del brazo: “Cálmate, mi mamá está destrozada”. No respondí. Entonces mi hija de 4 años tiró de la manga del sacerdote y preguntó si podía contar un secreto. Cuando dijo “la abuela puso algo en los biberones”, recordé quién los había preparado aquella última noche.

—Claro que puedes.

Emilia comenzó a retorcer la tela de su vestido.

—Es sobre los biberones de mis hermanitos.

Beatriz se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.

—¡Está confundida!

El encargado de la funeraria se puso frente a ella.

El padre Daniel no hizo que Emilia repitiera nada frente a todos.

Miró a Mariana.

—Vamos a un lugar tranquilo.

Mariana tomó a la niña de la mano y entraron en una oficina.

Clara dio un paso para seguirlas.

Entonces escuchó a Beatriz detrás de ella.

—Esa niña inventa cosas.

Clara se quedó inmóvil.

Porque algo que llevaba 11 días enterrado bajo el dolor acababa de regresar a su memoria.

La noche anterior a la muerte de los gemelos, Beatriz había llegado a su casa después de cenar.

Mateo llevaba horas inquieto.

Nicolás también había dormido poco.

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