Durante años había considerado aquel local como el último pedazo de su esposo.
Su marido lo había levantado desde cero.
Después de su muerte, ella luchó para conservarlo.
No importaba que ganara poco.
No importaban las deudas.
Para Teresa, cerrar ese negocio era como perder a su esposo por segunda vez.
—Por eso lo estás vendiendo —murmuró.
Diego asintió.
—El local ya no funciona. Debe dinero a proveedores, renta atrasada y mantenimiento. Un comerciante vecino quiere comprar los derechos del espacio. Con eso pagaré todo y quedará suficiente para comenzar otra cosa.
—¿La actuación?
—Algo más grande.
Diego miró a Valeria.
Ella le sonrió.
—Quiero abrir una escuela de teatro.
Teresa levantó la vista.
—¿Una escuela?
—Para niños, jóvenes y adultos. Quiero que haya talleres de actuación, expresión corporal, improvisación y escritura. Y también quiero montar obras.