Mi suegra robó la tarjeta de nuestra habitación y pasó casi una hora escondida debajo de la cama porque quería demostrar que yo era una estafadora. Cuando oyó: “La vieja no sospecha nada”, creyó haber encontrado la prueba definitiva. Yo solo le dije: “Lea esto antes de acusarme” y le entregué una carpeta… sin imaginar que también descubriría por qué su hijo vendió el negocio familiar.

Teresa guardó silencio.

—La obra que estrenamos mañana la escribió Diego —añadió Valeria.

Teresa giró lentamente hacia su hijo.

—¿Tú escribiste todo eso?

Diego sonrió.

—Sí.

—¿También lo del veneno?

—También.

—Casi me matas de verdad.

Los tres comenzaron a reír.

La tensión finalmente se rompió.

Pero Teresa dejó de reír primero.

Se cubrió el rostro.

—Dios mío… ¿qué hice?

Diego intentó tranquilizarla.

—Mamá…

—No. Déjame hablar.

Teresa miró a Valeria.

—Te juzgué sin conocerte. Pensé cosas horribles de ti. Convencí a mi hijo de que eras una interesada. Te imaginé robándonos, engañándolo… incluso matándonos.

Valeria se sentó frente a ella.

—Usted vio documentos muy extraños.

—Pero en lugar de preguntarte, construí una historia completa en mi cabeza.

Teresa comenzó a llorar.

—Yo sabía lo que era vivir con miedo y aun así permití que ese miedo dirigiera mi vida.

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