Valeria no respondió inmediatamente.
Sabía que detrás de aquella mujer difícil había alguien que llevaba décadas intentando proteger a su hijo.
Teresa había perdido a su marido cuando Diego era pequeño y había criado sola al niño mientras mantenía el negocio familiar.
Su problema no era que no amara.
Era que había convertido el amor en vigilancia.
—No quiero justificar lo que hizo —dijo Valeria—, pero sí puedo entender de dónde viene.
Teresa levantó los ojos.
—¿Puedes perdonarme?
Valeria extendió los brazos.
Teresa la abrazó.
Fue la primera vez que aquel abrazo se sintió como el de una verdadera familia.
Diego los observó tratando de disimular las lágrimas.
Teresa lo llamó con una mano.
—Ven acá.
Los tres terminaron abrazados en medio de la habitación.
Cuando se separaron, Teresa volvió a mirar a Diego.
—También tengo que pedirte perdón a ti.