—Se lo preparo yo —interrumpió Diego.
Los tres soltaron otra carcajada.
Al día siguiente, Teresa se levantó temprano.
Eligió uno de sus mejores vestidos, se arregló el cabello y se maquilló con más cuidado que para la propia boda.
Antes de llegar al teatro compró dos enormes ramos.
La florista reconoció a Teresa.
—¿No compró las flores en el negocio de su hijo?
Teresa sonrió.
—Mi hijo ya no vende flores.
La mujer levantó una ceja.
—¿Entonces qué hace?
Teresa sostuvo los ramos con orgullo.
—Es dramaturgo y actor.
Pronunciar aquellas palabras produjo algo inesperado en ella.
Orgullo.
Durante décadas había tenido miedo de que Diego fracasara si abandonaba el camino seguro.
Ahora comprendía que mantenerlo en un lugar donde era infeliz también era una forma de fracaso.
Llegó temprano.
Se sentó en primera fila.
Cuando se apagaron las luces sintió las manos heladas.