Mi suegra robó la tarjeta de nuestra habitación y pasó casi una hora escondida debajo de la cama porque quería demostrar que yo era una estafadora. Cuando oyó: “La vieja no sospecha nada”, creyó haber encontrado la prueba definitiva. Yo solo le dije: “Lea esto antes de acusarme” y le entregué una carpeta… sin imaginar que también descubriría por qué su hijo vendió el negocio familiar.

Nada de aquello era real.

Nada tenía que ver con Teresa.

—¿Y tus amigas? —preguntó ella todavía confundida—. Las escuché decir que eras una gran actriz, que mañana empezaba todo, que llevaban meses preparándolo.

Valeria sonrió con tristeza.

—Hablaban del estreno.

Aquellas palabras terminaron de derrumbar el enorme castillo de sospechas que Teresa había construido durante meses.

Pero todavía quedaba algo.

Algo más importante.

Teresa miró a Diego.

—¿Y tú?

Diego bajó la mirada.

Su madre comprendió enseguida.

—Tú también eres actor.

—Estoy intentando serlo.

Teresa se sentó en la orilla de la cama.

Diego respiró profundamente.

—¿Recuerdas cuando tenía doce años y quería entrar al taller de teatro de la secundaria?

Teresa sí lo recordaba.

Él había regresado emocionado después de interpretar un pequeño papel en un festival escolar.

Durante semanas dijo que quería estudiar actuación.

Teresa se había negado.

“De eso no se vive.”

“Necesitas algo serio.”

“Tu padre te dejó un negocio.”

Había repetido aquellas frases tantas veces que con los años incluso había olvidado cuánto podían haber dolido.

—Seguí actuando a escondidas un tiempo —continuó Diego—. Después lo dejé. Me convencí de que tú tenías razón.

—Yo solo quería asegurarte un futuro.

—Lo sé.

Diego se sentó junto a ella.

—Pero cada vez que abría el local de flores sentía que estaba viviendo la vida de alguien más.

Teresa apretó los labios.

Durante años había considerado aquel local como el último pedazo de su esposo.

Su marido lo había levantado desde cero.

Después de su muerte, ella luchó para conservarlo.

No importaba que ganara poco.

No importaban las deudas.

Para Teresa, cerrar ese negocio era como perder a su esposo por segunda vez.

—Por eso lo estás vendiendo —murmuró.

Diego asintió.

—El local ya no funciona. Debe dinero a proveedores, renta atrasada y mantenimiento. Un comerciante vecino quiere comprar los derechos del espacio. Con eso pagaré todo y quedará suficiente para comenzar otra cosa.

—¿La actuación?

—Algo más grande.

Diego miró a Valeria.

Ella le sonrió.

—Quiero abrir una escuela de teatro.

Teresa levantó la vista.

—¿Una escuela?

—Para niños, jóvenes y adultos. Quiero que haya talleres de actuación, expresión corporal, improvisación y escritura. Y también quiero montar obras.

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