Mi suegra robó la tarjeta de nuestra habitación y pasó casi una hora escondida debajo de la cama porque quería demostrar que yo era una estafadora. Cuando oyó: “La vieja no sospecha nada”, creyó haber encontrado la prueba definitiva. Yo solo le dije: “Lea esto antes de acusarme” y le entregué una carpeta… sin imaginar que también descubriría por qué su hijo vendió el negocio familiar.

Teresa guardó silencio.

—La obra que estrenamos mañana la escribió Diego —añadió Valeria.

Teresa giró lentamente hacia su hijo.

—¿Tú escribiste todo eso?

Diego sonrió.

—Sí.

—¿También lo del veneno?

—También.

—Casi me matas de verdad.

Los tres comenzaron a reír.

La tensión finalmente se rompió.

Pero Teresa dejó de reír primero.

Se cubrió el rostro.

—Dios mío… ¿qué hice?

Diego intentó tranquilizarla.

—Mamá…

—No. Déjame hablar.

Teresa miró a Valeria.

—Te juzgué sin conocerte. Pensé cosas horribles de ti. Convencí a mi hijo de que eras una interesada. Te imaginé robándonos, engañándolo… incluso matándonos.

Valeria se sentó frente a ella.

—Usted vio documentos muy extraños.

—Pero en lugar de preguntarte, construí una historia completa en mi cabeza.

Teresa comenzó a llorar.

—Yo sabía lo que era vivir con miedo y aun así permití que ese miedo dirigiera mi vida.

Valeria no respondió inmediatamente.

Sabía que detrás de aquella mujer difícil había alguien que llevaba décadas intentando proteger a su hijo.

Teresa había perdido a su marido cuando Diego era pequeño y había criado sola al niño mientras mantenía el negocio familiar.

Su problema no era que no amara.

Era que había convertido el amor en vigilancia.

—No quiero justificar lo que hizo —dijo Valeria—, pero sí puedo entender de dónde viene.

Teresa levantó los ojos.

—¿Puedes perdonarme?

Valeria extendió los brazos.

Teresa la abrazó.

Fue la primera vez que aquel abrazo se sintió como el de una verdadera familia.

Diego los observó tratando de disimular las lágrimas.

Teresa lo llamó con una mano.

—Ven acá.

Los tres terminaron abrazados en medio de la habitación.

Cuando se separaron, Teresa volvió a mirar a Diego.

—También tengo que pedirte perdón a ti.

—No hace falta.

—Claro que hace falta. Te pasé toda la vida diciendo qué estudiar, qué trabajo aceptar, qué negocio mantener y ahora hasta con quién casarte.

Diego bajó la mirada.

—Pensé que protegerte significaba decidir por ti —continuó Teresa—. Y quizá por eso aprendiste a esconderme tus sueños.

Aquella frase golpeó a Diego.

Era exactamente eso.

Durante años no había querido decepcionar a su madre.

Había mantenido el local.

Había fingido entusiasmo.

Había escondido cursos de actuación.

Después conoció a Valeria.

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