Había anotado siete ocasiones en que el mismo sedán gris se estacionó cerca de mi casa.
Días.
Horas.
Placas.
—¿Quién tendría interés en conocer tus horarios? —preguntó.
No quise responder.
Tres noches después me mostró una fotografía.
Una mujer estaba en mi patio trasero a la una de la madrugada, tomando fotos de la ventana del cuarto de Sofía.
Era Verónica.
Mi nuera.
Sentí que algo se me helaba por dentro.
Entonces recordé el dinero.
—Si Alejandro consiguiera la tutela de Sofía… podría intentar modificar la administración del fideicomiso —dije.
Don Clemente no contestó de inmediato.
—Entonces no están tratando de ayudarte, Roberto.
Miró otra vez la fotografía.
—Te están preparando.
Una semana después instalé cámaras nuevas con batería independiente y respaldo en internet.
Y lo que grabaron cambió todo.
Alejandro llegó un sábado diciendo que quería revisar una gotera.