Mientras yo preparaba café, entró al baño.
En realidad, fue a la cocina, se agachó bajo el fregadero y escondió dos hojas detrás de una botella de limpiador.
Cuando se marchó, las encontré.
El título decía:
“Registro de incidentes observados: Roberto Salazar.”
Había catorce anotaciones.
“Olvidó el nombre del pediatra de Sofía.”
“Dejó a la niña sola durante veinte minutos.”
“Mostró confusión durante una llamada.”
“Se quedó dormido mientras la menor estaba fuera de casa.”
Todo era mentira.
No eran simples acusaciones.
Estaban construyendo un expediente para presentarme como un anciano incapaz.
Fotografié las páginas y las volví a colocar exactamente donde Alejandro las había dejado.
Dos semanas después, las cámaras lo grabaron abriendo mi tablero eléctrico y apagando el interruptor donde antiguamente estaban conectadas las cámaras de seguridad.
Lo hizo con una tranquilidad aterradora.
Cuarenta segundos.