Sin dudar.
Como alguien que ya lo había hecho antes.
Esa misma noche envié todas las grabaciones a mi abogada.
Y por primera vez entendí algo que me revolvió el estómago:
mi hijo no estaba esperando a que yo envejeciera.
Estaba trabajando activamente para demostrar que ya no podía cuidar a Sofía.
Lo que todavía no sabía era hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Porque tres semanas después, bajo aquella tormenta, don Clemente apareció en mi puerta y me ordenó sacar a mi nieta de la casa antes de las diez.
Y lo que vimos desde su ventana catorce minutos después me hizo comprender que quitarme la tutela de Sofía nunca había sido el verdadero final del plan.
Lo que planeaban hacer con nosotros era mucho peor de lo que jamás habría podido imaginar.
PARTE 2
A las 10:14 de la noche, la puerta trasera de mi casa se abrió.