Finalmente llamaron a Mariana.
Mi hija avanzó en su silla de ruedas hasta el lugar donde debía declarar.
Yo la había visto temblar cuando Mauricio levantaba un poco la voz en una comida familiar.
Aquel día no tembló.
Contó cuándo comenzaron los insultos.
Cómo él revisaba su celular.
Cómo controlaba el dinero.
Cómo Beatriz le repetía que una buena esposa debía saber cuándo guardar silencio.
Explicó por qué había abandonado su trabajo.
Explicó cómo había aprendido a pedir perdón incluso cuando no sabía qué había hecho mal.
Y luego habló de aquel sábado.
—Le dije que tenía una entrevista de trabajo. Mauricio me preguntó para qué necesitaba trabajar si él me daba todo. Le respondí que quería volver a sentirme útil. Entonces me llevó al patio.
El abogado defensor intentó insinuar que yo había influido en su versión.