PARTE 1
—Abuelo… la pierna de mamá hizo un ruido feo. Papá dijo que no te llamara.
Eso fue lo que mi nieto Mateo, de cinco años, me susurró por teléfono un sábado por la tarde. Su voz temblaba tanto que al principio apenas pude entenderlo.
—La abuela Beatriz dice que ya soy grande y que no debo llorar… pero mamá no deja de llorar.
Yo estaba en Guadalajara, a casi cuarenta minutos de la casa de mi hija Mariana, en Zapopan. Dejé caer la lija que tenía en la mano y agarré las llaves.
—Mateo, ¿dónde estás?
—En el clóset. Encontré el teléfono viejo de papá.
—Quédate ahí. Hiciste exactamente lo correcto. El abuelo va para allá.
Tengo sesenta y tres años. Durante más de treinta trabajé como ingeniero estructural y supervisor de seguridad en obra. Mi oficio consistía en detectar pequeñas grietas antes de que una estructura completa terminara en el suelo.
Lo terrible es que no supe hacerlo con mi propia hija.
Mariana siempre había sido alegre. Era enfermera pediátrica y tenía una risa que llenaba cualquier habitación. Pero después de casarse con Mauricio, dueño de una pequeña constructora familiar, fue desapareciendo poco a poco.
Primero dejó de venir a comer los domingos.
Luego renunció al hospital.
Después comenzó a contestar mis llamadas únicamente cuando Mauricio estaba cerca.
Y un verano empezó a usar blusas de manga larga incluso con treinta grados.
—Estoy bien, papá. Solo estoy cansada.
Siempre la misma respuesta.
Mauricio sabía ser encantador delante de otros. Su madre, Beatriz, manejaba las cuentas de la constructora y tenía una habilidad especial para insultarte con una sonrisa.
En la boda me había apretado la mano y dicho:
—No se preocupe, don Jorge. Nosotros vamos a cuidar muy bien a Mariana.
Nunca olvidé el tono.
Aquella tarde hice un trayecto de cuarenta minutos en menos de media hora.
La camioneta de Mauricio estaba afuera. También el sedán blanco de Beatriz.
Entré por el portón lateral.
Y me quedé inmóvil.
Mariana estaba tirada sobre el patio de piedra, blanca como una sábana. Su pierna derecha estaba atrapada debajo de un pesado bloque de concreto.
Mauricio permanecía varios metros atrás, con los brazos cruzados.
Beatriz observaba desde la puerta de la cocina, sosteniendo una taza de café.