Cuando escuché aquello pensé en niños corriendo cerca del muro.
Pensé en padres esperando afuera.
Y comprendí que muchas veces las personas capaces de minimizar el dolor dentro de su propia casa también terminan creyendo que pueden minimizar cualquier riesgo mientras exista dinero de por medio.
La libreta de Mariana resultó fundamental.
Durante dos años había anotado fechas, cantidades, números de factura y órdenes que le parecían extrañas.
Nunca imaginó que aquellas páginas servirían algún día para demostrar algo.
Solo las había guardado porque su instinto le decía que no debía tirarlas.
Patricia me dijo una tarde:
—Tu hija llevaba años intentando dejar migas de pan para encontrar la salida.
Esa frase me destrozó.
Yo siempre había pensado que estaba esperando el momento adecuado para ayudarla.
Pero Mariana también había estado esperando.