—¿Está bien, don Jorge?
Toqué el concreto.
—Ahora sí.
Pensé en lo extraño que resultaba.
Toda mi vida había trabajado para evitar que las estructuras cayeran.
Y al final, la estructura más peligrosa que conocí no estaba hecha de concreto.
Estaba hecha de silencio, miedo y pequeñas mentiras repetidas durante años.
El divorcio de Mariana se resolvió después.
La casa dejó de ser un símbolo de encierro porque ella decidió venderla.
—No quiero una sola pared que me recuerde esa vida.
No discutí.
Durante once meses se dedicó a la rehabilitación.
Hubo días buenos.
Días horribles.
Días en los que avanzaba cinco pasos y celebrábamos como si hubiera ganado una medalla.
Y otros en los que no podía levantar la pierna sin llorar de frustración.
Una tarde arrojó el bastón al suelo.
—¡Estoy cansada de que todo sea difícil!