Me senté frente a ella.
—Entonces hoy puedes estar cansada.
—¿Y mañana?
—Mañana veremos.
No necesitaba discursos.
Había recibido demasiados durante su matrimonio.
Necesitaba poder sentirse mal sin que nadie le dijera cómo debía sentirse.
Nueve meses después de aquel sábado, consiguió mantenerse de pie con un bastón.
Mateo sujetaba una de sus manos.
Yo la otra.
—Suéltenme —dijo.
—¿Segura?
—Suéltenme.
La soltamos.
Mariana dio un paso.
Después otro.
Y otro.
Mateo empezó a brincar.
—¡Mamá está caminando!
Mariana se rio.
Me quedé congelado.
Hacía años que no escuchaba aquella risa.
No la versión pequeña y prudente que usaba delante de Mauricio.
Su risa verdadera.
La de antes.
Fui a la cocina con el pretexto de buscar agua porque no quería que me viera llorar.
Un año después consiguió trabajo en un hospital infantil de Guadalajara.