Mauricio respondió:
—Mamá, va a hablar.
Y Beatriz dijo, con absoluta tranquilidad:
—No va a hablar. Y aunque hable, es solo una pierna.
Me quedé sentado dentro del auto durante varios minutos.
En otra época quizá habría ido directo a buscarlo.
Pero si yo golpeaba a Mauricio, él se convertiría en víctima. Mariana perdería a su principal apoyo y Mateo podría terminar atrapado entre dos familias destruidas.
Así que hice lo que había hecho toda mi vida cuando una estructura estaba a punto de colapsar.
Documenté.
Guardé tres copias.
Una memoria física.
Otra cuenta en la nube.
Y una tercera copia para Patricia Salgado, una antigua compañera de universidad que después se había convertido en abogada especializada en violencia familiar.
A las ocho de la mañana estábamos en su despacho.
Vio el video entero.
—No les digas que tenemos esto —me advirtió—. Primero vamos a proteger a Mariana y al niño. Después entregaremos todo directamente a la unidad especializada de la fiscalía estatal.