Tomé su mano.
—Nadie te va a quitar a tu hijo.
—No hagas ninguna locura.
—No voy a hacer una locura, Mariana. Voy a hacerlo bien.
Tres años antes yo había instalado cámaras en aquella casa por seguridad. Mauricio había desconectado las del interior y la entrada.
Pero había una sobre el patio, montada bajo el alero.
Y el sistema guardaba todo en una cuenta en la nube registrada a mi nombre.
A las cuatro de la mañana fui al estacionamiento del hospital y abrí la aplicación.
La grabación seguía allí.
2:47 p. m.
Vi la discusión.
Vi el empujón.
Vi caer a mi hija.
Luego vi a Mauricio caminar hacia los bloques.
No necesité mirar dos veces.
Pero el audio fue todavía peor.
Después del primer grito de Mariana, Beatriz salió de la cocina.
—No lo dejes así. Acércalo al muro para que parezca que se cayó.