Ella extendió una mano.
Adrián la tomó.
Aquellos mismos dedos que meses atrás habían encontrado unos cabellos desprendidos sobre una pierna habían terminado desmontando una traición familiar construida durante años.
Lucía había pasado media vida creyendo que su cuerpo era algo que debía ocultar para resultar aceptable.
Al final descubrió algo completamente distinto.
Sus manos, su memoria, su valentía y aquella costumbre de prestar atención a lo que los demás ignoraban habían salvado 2 vidas.
Y quizá aquella fuera la ironía más hermosa de todas:
durante años intentaron convencerla de que debía ocupar menos espacio.
Pero cuando llegó el momento decisivo, fue precisamente porque se negó a hacerse pequeña que nadie pudo volver a silenciarla.