Lucía miró las salas vacías.
—Aceptaré una condición.
—Dime.
—Yo dirigiré cada decisión profesional.
—Hecho.
—Y mi nombre estará en la puerta.
—Precisamente por eso todavía está vacía.
6 meses después abrió el Centro Ferrer de Recuperación Funcional.
La noche de la inauguración, Lucía llegó con un vestido rojo que durante años jamás se habría atrevido a ponerse.
No eligió una chaqueta para esconder los brazos.
No buscó el rincón más oscuro.
No pidió disculpas por ocupar espacio.
Atravesó la sala llena de empresarios, médicos y periodistas con la cabeza alta.
Adrián la esperaba al otro lado.
Seguía siendo un hombre poderoso.
Pero cuando Lucía llegó hasta él, la miró exactamente igual que aquella primera noche en la habitación frente al Mediterráneo: como si el resto del mundo hubiera dejado de importar.