Mientras masajeaba las piernas de mi cliente en su dormitorio de Marbella, varios cabellos quedaron en mis dedos y vi extrañas líneas blancas en sus uñas; su médico sonreía junto a una bolsa de suero mientras él apenas soportaba el ardor. Después escuché: «Solo necesitábamos tiempo: una enfermedad larga, nada escandaloso». Guardé una muestra y llamé a toxicología. Entonces encontré 2 tarros idénticos de crema. –

—Enséñame las uñas de los pies.

Claudia palideció.

—¿Por qué?

—Porque Adrián tiene exactamente lo mismo que tú.

La arrogancia desapareció.

Claudia se sentó lentamente.

Tenía las mismas líneas blancas.

Lucía comenzó a reconstruir las rutinas de ambos.

No desayunaban juntos.

Adrián bebía café; Claudia, té.

Él comía carne y pescado; ella seguía una dieta casi vegetariana.

Dormían en habitaciones distintas.

Utilizaban perfumes diferentes.

Ni siquiera compartían el mismo dentífrico.

—¿Medicamentos?

Nada coincidente.

—¿Cosméticos?

Claudia negó con la cabeza.

Entonces se llevó instintivamente una mano al pie.

Lucía vio un pequeño tarro sobre una cómoda.

Cerámica blanca.

Etiqueta discreta.

“Preparado magistral. Árnica, mentol y extractos vegetales”.

—¿Qué es eso?

Claudia explicó que el doctor Cifuentes lo había recomendado hacía aproximadamente 6 semanas por las molestias circulatorias.

Lucía levantó la mirada.

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