Mientras masajeaba las piernas de mi cliente en su dormitorio de Marbella, varios cabellos quedaron en mis dedos y vi extrañas líneas blancas en sus uñas; su médico sonreía junto a una bolsa de suero mientras él apenas soportaba el ardor. Después escuché: «Solo necesitábamos tiempo: una enfermedad larga, nada escandaloso». Guardé una muestra y llamé a toxicología. Entonces encontré 2 tarros idénticos de crema. –

—¿Adrián también lo usa?

—Claro. Tenemos el mismo problema.

El corazón de Lucía aceleró.

Fue al baño de Adrián.

Había otro recipiente idéntico.

Los 2 fueron enviados inmediatamente al laboratorio de Inés.

Cifuentes, entretanto, fue localizado en su clínica.

Cuando Adrián lo confrontó, el médico pareció sinceramente desconcertado.

—Yo prescribí una fórmula de árnica y mentol —insistió—. La farmacia conserva la receta original.

La comprobación reveló que decía la verdad.

Las primeras unidades preparadas por la farmacia no contenían nada anormal.

Sin embargo, desde hacía varias semanas alguien recogía los tarros antes de que llegaran a la villa.

El responsable habitual era Sergio Mena, el antiguo terapeuta de Adrián.

El mismo hombre desaparecido 9 días antes.

A las 16:40 sonó el teléfono de Lucía.

Era Inés.

Su voz resultaba distinta.

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