Pero él habló.
—Hace muchos años conocí a una mujer en esta ciudad.
Mariana se sorprendió.
—¿Aquí?
—Aquí mismo.
Arturo miró hacia los grandes ventanales.
—No en este restaurante. En esta zona.
Había regresado a Ciudad de México por una razón que nada tenía que ver con negocios.
Cincuenta y cuatro años antes, cuando tenía veinticuatro, Arturo había pasado varios meses en la capital realizando una capacitación técnica.
Su familia era de Guadalajara, pero una empresa extranjera había abierto un pequeño programa para jóvenes ingenieros mexicanos.
Allí conoció a Elena.
Ella tenía veintidós años.
Estudiaba diseño y ayudaba por las tardes en una papelería cerca del centro.
Arturo entró un día para comprar un cuaderno.
Volvió al día siguiente.
Y al siguiente.
Durante semanas fingió necesitar lápices, hojas y sobres que realmente no necesitaba.