Hasta que Elena finalmente le preguntó:
—¿Usted escribe muchísimo o solo viene porque quiere verme?
Arturo casi salió corriendo.
En cambio, respondió:
—Las dos cosas.
Mariana sonrió cuando escuchó aquello.
—¿Y qué pasó?
El anciano bajó los ojos hacia el té.
—Nos enamoramos.
Cuando terminó su capacitación, Arturo tuvo que regresar a Guadalajara para ayudar a su familia.
Él y Elena comenzaron a escribirse.
No existían teléfonos móviles.
No había mensajes instantáneos.
Esperaban cartas.
A veces durante semanas.
Arturo guardaba cada una.
Elena también.
Durante varios años hablaron de casarse.
Pero las familias atravesaron problemas.
El padre de Arturo enfermó.
El pequeño taller comenzó a tener dificultades.
Él tuvo que trabajar jornadas interminables.
Elena, mientras tanto, recibió una oportunidad para estudiar fuera del país.
La distancia creció.
Las cartas fueron llegando con menos frecuencia.
Hasta que un día dejaron de llegar.